DIRECTOR GENERAL Y ARTÍSTICO DE LA ÓPERA DE OVIEDO

¿Qué prefiere, una ópera para reír o un buen dramón?
Depende del momento. Las oportunidades para sonreír son siempre bien recibidas y con la cantidad de tragedias que rodean nuestra vida diaria, salir del teatro con una inyección de buen humor es muy reconfortante, cada vez más. Dicho esto, las óperas que más me conmueven suelen ser dramas y estar plagadas de personajes perversos y retorcidos… Suelen ser las que indagan con mayor profundidad en los misterios y miserias del ser humano.

Carisma, disciplina, valentía y pasión forman parte de la carrera del director artístico de la Ópera de Oviedo, Javier Menéndez. Dirige desde hace 15 años una de las temporadas más estables del panorama español y trabaja en la actualidad en uno de los retos más importantes de la institución asturiana, su primer estreno mundial.

¿Cómo llegó al Campoamor?
Al Campoamor llegué de muy joven, antes al cine que a la ópera, aunque recuerdo perfectamente que mi primera experiencia lírica en este teatro fue a los ocho años con aquella Lucia de 1980, en la que una joven Mariella Devia debutaba en Oviedo. Si la pregunta se refiere a mi llegada profesional, ocurrió en 2003, cuando ya llevaba cuatro años trabajando en el departamento artístico del Liceu de Barcelona, junto a Joan Matabosch. En mi regreso a Oviedo hay algunos nombres que tuvieron mucho que ver y a los que recuerdo con cariño, admiración y profundo agradecimiento, especialmente Luis Iberni y Guillermo Badenes. También, a muchos de los directivos que formaban la Junta de la Ópera de Oviedo en aquellos tiempos.

“No tengo nada claro que las cuestiones económicas nos conviertan en mejores personas, por no hablar de personas más cultas, pero estoy seguro de que la cultura sí nos convierte en individuos más ricos”

¿Qué retos supone para el director de la Ópera una efeméride tan importante para el Campoamor, esto es, sus 125 años?
Cuando una institución cultural va acumulando años, acumula experiencias y veladas memorables, con nombres propios que ya forman parte de la historia con mayúsculas del arte y la cultura universales. Ese peso te carga de responsabilidad a la hora de programar, pero también es un reto para mirar al futuro con ambición. El cultivo de la tradición por la tradición conduce irremediablemente a la reiteración y el aburrimiento. El arte debe asumir riesgos. Así que lo veo como un gran estímulo.

Como ovetense, ¿cuál es su recuerdo más vívido de infancia en el teatro?
Ja ja ja ja. Seguramente Supermán… Debió ser mi gran debut en el Campoamor. Tendría unos 6 años. Después he vivido grandes momentos, principalmente vinculados a la ópera y la música clásica.

“El arte debe asumir riesgos y eso es un gran estímulo”

¿Alguna vez en aquella época se imaginó dirigiéndolo?
No. En mi infancia recuerdo haber querido ser piloto de aviones, aunque tengo un buen amigo que siempre me recuerda que cuando íbamos al colegio le decía que quería ser director de La Scala de Milán. Ni más ni menos…
¿Le da malas noches? Muchas. No tanto en el teatro durante alguna representación, aunque ha habido funciones en las que lo he pasado mal, sobre todo por cuestiones técnicas: un giratorio o una carra que se atascan y empiezas a pensar cómo se va a resolver la siguiente escena en la que tiene que pasar esto y lo otro… Al final, el equipo técnico siempre aparece con una solución en el último momento que consigue evitar el infarto. Una proyección de vídeo que no va bien o, en escasas ocasiones, algún artista que no tiene su mejor noche. Recientemente recuerdo que en una función de Sieg fried en la que los cantantes solo podían ver al director a través de monitores, nos empezaron a fallar. Fueron unos minutos de angustia tremenda, porque sabíamos la dependencia absoluta que los artistas tenían de esas pantallas para acoplarse a la orquesta ante una partitura tan complicada. Pero las “malas noches” más habituales surgen cuando hay que resolver alguna cancelación de algún artista con muy poco margen de maniobra. En este sentido la anécdota de Samson et Dalila en enero de 2015 es ya un hito en la historia de esta casa: cinco tenores para cuatro funciones…

¿En qué ha cambiado ese teatro que usted frecuentaba de niño y el que ahora dirige durante su ciclo operístico?
Físicamente ha mejorado, aunque sigue pendiente de una renovación profunda en lo que tiene que ver con la caja escénica y algunos accesos de público: que no exista ascensor para que el público pueda subir a los pisos altos del teatro parece incomprensible. Organizativamente ha sufrido una profunda evolución, en lo referente a la temporada de Ópera, que es mi ámbito de actuación. Antiguamente la temporada se desarrollaba en unos 12 días coincidiendo con las fiestas de San Mateo en septiembre. Se hacían seis o siete títulos diferentes en ese espacio de tiempo. Ensayo, función, ensayo, función… Tosca, Il trovatore, Carmen, Lucia di Lammermoor. Uno se puede imaginar la complejidad de aquellos espectáculos a nivel visual: un telón que servía para varias óperas, una dirección de escena inexistente —tú entras por aquí y sales por allí—, mínimos ensayos musicales… En aquella época la ópera reposaba en la calidad de unos determinados cantantes y los había de lo mejorcito que pisaban este escenario. La lista es apabullante: Corelli, Del Monaco, Freni, Pavarotti, Tebaldi, De los Ángeles, Caballé, Bergonzi, Gencer, Kraus, por citar sólo algunos representantes de la cuerda de tenor y soprano. A día de hoy la ópera se plantea como un espectáculo total, en el que la parte teatral debe tener el mismo peso que la parte musical. Se ensaya durante 21 o 25 días antes del estreno y los cantantes trabajan mucho tiempo tanto a nivel escénico como a nivel musical. Lo mismo ocurre con el coro y la orquesta. Por eso ahora se hacen cinco óperas entre septiembre y febrero y no seis títulos en doce días. También se ha incrementado muchísimo el número de funciones. En aquellos años había una función por título y ahora hay entre cuatro y cinco. Ahora mismo se hacen 23 funciones de cinco producciones diferentes. Por lo tanto, uno de los grandes cambios también tiene que ver con el público, mucho más y más diverso. La ampliación del repertorio o la profesionalización de la gestión son otros de los cambios visibles de la Ópera de Oviedo.

¿Cómo competir con otros grandes teatros españoles y europeos con un presupuesto tan inferior?
Yo cambiaría la palabra competir por compartir. Nuestro objetivo con esos grandes teatros españoles y europeos es colaborar. No tenemos ninguna necesidad de competir. La distancia geográfica nos evita semejante reto. Pero es verdad que independientemente de eso, una temporada de ópera debe tener su propia personalidad y buscar el equilibrio en su discurso artístico que la haga diferencial y, por qué no, también resulte atractiva para el público que puede tener a pocos metros de casa uno de esos grandes templos de la lírica, empujándoles a desplazarse a muchos kilómetros de distancia para disfrutar de una experiencia única.

“Hoy Verdi volvería a ser un artista revolucionario”

¿Sigue habiendo divos en la ópera?
Si por divo entendemos grandes artistas, por supuesto. Si al divo lo define también ese carácter caprichoso e impredecible tengo que decir que de eso se encuentra ya muy poco en los teatros de ópera hoy en día. Los grandes artistas actuales son, en su mayoría, grandes profesionales con un nivel de compromiso enorme con los proyectos en los que se embarcan. La ópera debe ser un engranaje perfecto entre multitud de factores y todos los artistas son conscientes de su pertenencia a ese todo milimétrico en el que tienen que trabajar.

Díganos algo de la vida de los cantantes que los ajenos a la gestión de un teatro no sepamos.
La vida privada de los cantantes está condicionada por el hecho de llevar incorporado el instrumento con el que trabajan, aunque en mi experiencia he comprobado cómo incorporan una rutina diaria carente de ”neuras” y desarrollan una vida absolutamente normal. Cada uno individualmente ha descubierto qué le viene mejor o peor a nivel alimenticio, de entornos ambientales… Por lo demás observo con admiración esa vida, en muchos casos solitaria y de permanente cambio de domicilio, ese paso tan repentino de la aclamación de una audiencia de más de mil personas al aislamiento de una habitación de hotel o un apartamento, que generalmente no es tu casa.

¿Dónde está el punto de equilibro en la cultura entre hacer pensar y entretener?
Yo creo que el arte debe, sobre todo, hacernos sentir y conseguir que esas emociones deriven en un proceso de reflexión que nos interrogue como individuos y nos haga más dignos como seres humanos. Y todo ello sin renunciar al entretenimiento.

¿Por qué seguimos escuchando más ópera de hace cuatrocientos años que contemporánea?
Porque hay grandes obras de arte que nos hablan hoy con tanta fuerza y actualidad como lo hacían siglos atrás. Y en los últimos cuatrocientos años se han escrito muchas y muy buenas. En determinado momento del S. XX hubo un proceso de desconexión entre el creador y su audiencia que posiblemente llevó a que el número de estrenos se redujese muchísimo. A día de hoy, sin embargo, vuelve a despertarse un gran interés por nuevas óperas que además están teniendo un éxito tremendo. Yo he podido ver recientemente dos ejemplos de esas óperas que ya forman parte del repertorio de los teatros: Dead man walking de Jake Heggie y Written on Skin de George Benjamin. Y la Ópera de Oviedo inaugura su próxima temporada 2018/19 con un estreno mundial: Fuenteovejuna de Jorge Muñiz.

¿Hoy Verdi tendría futuro?
Sin duda. No sabemos qué tipo de música escribiría en este momento, pero seguro que volvería a ser un artista revolucionario…

¿Por qué hay gente que dice que la ópera es aburrida?
Supongo que es porque la han probado poco, como pasaba hace años con la tónica, o porque han tenido la mala fortuna de asistir a un espectáculo carente de algún atractivo. Es difícil generalizar. ¿Existe gente a la que no le gusta la literatura, la pintura o el cine? Quizás, aunque imagino que lo habitual es que no te guste este libro, ese cuadro o aquella película. Apuesto a que existe una gran oferta de espectáculos líricos capaces de cautivar a multitud de gente, en principio, alejada del género. Muchos se sorprenderían porque, al final, lo que tienen es un concepto bastante difuso de lo que es la ópera hoy en día.

¿Cómo se relaciona un arte tan “antiguo” con las nuevas tecnologías?
Con la más absoluta naturalidad. No se trata de forzar una relación que, en principio, pueda dar la sensación de mezclar cosas que no tienen nada que ver. Las nuevas tecnologías son una herramienta cada vez más habitual en los teatros de ópera. En realidad, favorecen y mejoran técnicamente las propuestas escénicas enriqueciéndolas a nivel estético y visual.

Un día en una conferencia comentó que el verdadero punto de unión y supervivencia de los europeos no es la economía, es la cultura.
Sí, estoy seguro de que a los europeos nos unen muchos más intereses culturales que económicos. Seguramente sería una reflexión aplicable al ser humano en general. En fin, así como no tengo nada claro que las cuestiones económicas nos conviertan en mejores personas, por no hablar de personas más cultas, estoy seguro de que la cultura sí nos convierte en individuos más ricos.

¿Y cómo han adoptado ese arte cultural los norteamericanos, por ejemplo?
Allí tienen un gran templo como el MET. Bueno, la cultura norteamericana no deja de ser una cultura occidental. Es normal que a nivel artístico haya bebido de la cultura europea. La han asumido, asimilado y, a lo largo de su historia, la han hecho evolucionar adaptándola e influenciándola con su estilo propio. En la actualidad, concretamente en el mundo de la ópera, Norteamérica es vanguardista en lo que tiene que ver con el fomento y el apoyo a la creación de nuevas obras. En sus teatros es muy frecuente encontrar importantes estrenos en las programaciones y me consta que, generalmente, tienen una gran demanda por parte del público, más que muchos títulos del repertorio tradicional. Hay entornos con puntos de alta tensión en la actualidad.

¿En qué situación sitúa a la ópera con respecto a la discriminación femenina?
Creo que la igualdad llega antes al mundo del arte que a muchos otros sectores de nuestras vidas. Dicho esto, se notan un montón de carencias que se arrastran históricamente, ya que la ópera es una disciplina con más de cuatrocientos años de antigüedad… La ausencia de compositoras es evidente a nivel histórico y solo ahora empiezan a aparecer algunos nombres que entran con decisión en las programaciones. El mundo de la dirección orquestal es tremendamente masculino y el de la dirección de escena está un poco mejor.