“Estoy cómodamente estacionado
en el belcantismo”

 

Por Martín Llade

Fotografía Juan Carlos Vega

 

Hay varios hitos dentro de su carrera; por ejemplo, ha sido
el tercer tenor que ofreció un bis en el Metropolitan Opera House.
¿Qué sintió en ese instante? ¿Era consciente de que estaba haciendo
historia en ese momento?
No tenía ni idea. Fue un momento especial, muy emocionante. La reacción
del público al finalizar el aria «Sì, ritrovarla io giuro» de La Cenerentola fue
apoteósica, porque era prácticamente como si estuviera en un concierto
de rock. La euforia tan intensa de ese momento fue maravillosa. Luego me
enteré de que solo Luciano Pavarotti y Juan Diego Flórez habían ofrecido
un bis en los últimos setenta años en el Metropolitan. Estar en esa misma
situación fue muy hermoso y volvió a repetirse en la temporada siguiente,
cuando canté Don Pasquale. Es un teatro que quiero mucho y en el que
me encanta trabajar; su escenario es majestuoso.
También en el Teatro Real bisó el aria «Ah, mes amis», considerada
verdaderamente diabólica. ¿Es lo más difícil que puede cantar un
tenor de sus características?
No. Eso se piensa por la idea del do de pecho. Pero una vez que lo tienes
técnicamente resuelto, que es lo difícil, realmente esta aria no es tan
complicada. Lo complicado es llegar a ese punto en que te resulte fácil.
Pero no creo que sea lo más exigente del repertorio de tenor, ni en el
sentido del virtuosismo o del dramatismo, hablando, por supuesto,
en el terreno del bel canto en el que me muevo. La exigente escritura
que uno se encuentra en La favorita de Donizetti, o, sin ir más lejos la
segunda aria de esa misma ópera donde está “Ah, mes amis”, La hija del
regimiento, me parecen mucho más complicadas.
Juan Diego Flórez, Cristina Gallardo-Domâs, Rolando Villazón,
Verónica Villarroel, usted… ¿Está el futuro de la lírica mundial en
Latinoamérica hoy en día?
Hay muchos exponentes claros. Hay un atractivo especial, creo, en las
voces latinas, que es la pasión que se imprime en la forma de cantar.
Están Marcelo Álvarez, Luigi Alva, Francisco Araiza, Ernesto Palacio…
Todas estas grandes voces tienen esta particularidad predominante. Hay
voces bellísimas en todo el mundo, claro está, pero la pasión, la forma de
cantarle al amor, especialmente al amor desgraciado que encontramos
en muchas óperas, es el plus que pienso que tienen los cantantes latinos.
¿Qué nos puede decir de la zarzuela? ¿Qué interés suscita en México?
Hace unos meses hice un recital de zarzuela en el Teatro de la Zarzuela.
Eran los grandes éxitos, tales como «No puede ser» de La tabernera
del puerto, «Por el humo se sabe…» de Doña Francisquita o «Paxarín,
tú que vuelas» de La pícara molinera. Es un género muy rico, que me
encanta y que me da la posibilidad de cantar en mi idioma. Si en el
italiano disfruto cantando, con la zarzuela, en español, disfruto aún
más desmenuzando el texto, sintiendo cada palabra y transmitiendo
todas esas emociones al público.
Si los DVD registrados dentro de su trayectoria son bastante clásicos,
con autores como Verdi, Mozart, Rossini o Schubert, su discografía es
mucho más heterodoxa. Quisiera preguntarle por ese disco dirigido
al público infantil, Canta a Cri-Cri. ¿Cuál es el origen de ese proyecto?
Mis hijos, principalmente. Este es un proyecto con el que soñaba desde
el principio de mi carrera. Cri-Cri, Francisco Gabilondo Soler, es uno de
los compositores más prolíficos que ha tenido México para el público
infantil. Y tan versátil es, que el mismísimo Plácido Domingo grabó en
1984 un disco con las canciones de Cri-Cri. Tanto mis hijos y yo hemos
crecido con estas canciones, porque es una música que no caduca, que no
te cansas de escuchar. Son cuentos cantados y es una maravilla. Fue un
proyecto muy personal, en una producción videodiscográfica, dedicado a
los niños de México.

Tampoco ha tenido ningún reparo en mezclar en sus recitales a
Alessandro Scarlatti o Rossini con Agustín Lara y José Alfredo
Jiménez. Estos clásicos de la canción mexicana, ¿están en realidadtan lejos de la lírica o sentimentalmente pueden moverse en
un mismo terreno? ¿Puede atraerse a la ópera con facilidad
a los oyentes del bolero y las rancheras?
Precisamente, en un mismo terreno, por supuesto. Agustín Lara
compuso sus canciones para Pedro Vargas, que era un tenor que
dejó la ópera para dedicar a la música popular en este tiempo.
María Grever estudió estas canciones maravillosas. José Múgica
mismo, Alfredo Kraus, grabaron canciones como Júrame o
Lamento gitano pensadas para este tipo de voces. Y si nos
fijamos en la era dorada del cine mexicano con exponentes como
Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Miguel Aceves Mejía,
veremos que eran intérpretes que si bien no habían estudiado
canto —salvo Negrete, que fue barítono— eran voces naturales,
que poseían esa cualidad tímbrica, con un color muy especial.
El último cantor mexicano, Vicente Fernández, ha seguido esta
tradición. Si escuchas a cualquier mariachi, por muy sencilla
que sea su interpretación, la emulación del sonido será siempre
esa, la de la voz impostada.
¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Armando
Manzanero?
Maravillosa. Hay una relación de amistad y cariño que se creó
a partir de ese proyecto, que tuvo lugar en el Centro Cultural
Roberto Cantoral. Dentro de este concierto, que empezó
con canciones italianas, surgió un disco, Serenata, con la
segunda parte, toda con canciones mexicanas, que iban desde
Jorge del Moral, Tata Nacho o Consuelito Velázquez hasta el
propio Armando Manzanero o Calderón. Esta música ha sido
compañera de varias generaciones. El maestro Manzanero tuvo
a bien participar conmigo de este proyecto e hicimos dos temas
suyos, con él acompañándome al piano. Es un maestro al que
quiero y admiro, que ha creado música que ha quedado para
la eternidad. Me encantaría poder dejar algo en este mundo,
una huella de que pasé por aquí. Y eso lo ha logrado él. Es muy
sencillo y una bellísima persona.
En España han dejado mucha huella todas esas canciones.
Natural, somos dos naciones hermanas. Adoro España y todos
los lugares a los que he ido: Sevilla, Oviedo, Barcelona, Madrid,
Toledo, Bilbao… Me falta mucho por conocer. Este es uno de mis
lugares favoritos en el mundo.
Con Mark Elder participó en la grabación de una ópera
desconocida de Gounod, La Colombe. ¿Se reconoce en ella al
autor de Fausto o puede constituir una sorpresa descubrirla?
Es completamente distinta al Fausto. Además, es una comedia.
No se imagina uno a Gounod en ese terreno. Es una ópera
breve, nada que ver con la grand opéra. Fue un proyecto muy
lindo, mi primera experiencia grabando un disco y mi primer
acercamiento serio al repertorio francés que, en aquel momento,
debo decirlo —ríe— acabé odiando, porque la fonética francesa
es muy complicada. Pero actualmente es de mis idiomas
favoritos para cantar. Tanto que, cuando hablamos de hacer La
favorita hace unos meses para el aniversario del Teatro Real,
creo que fue un gran acierto plantearla en el idioma original,
que era el francés, y hoy día disfruto muchísimo cantándola.
Ha tenido oportunidad de trabajar con el maestro Claudio
Abbado, una de las mejores batutas del siglo XX. ¿Cómo era él?
Ya era muy mayor cuando trabajé con él. Me dirigió en dos
conciertos, un año antes de su fallecimiento. En el ensayo
general del primer concierto que hicimos en Bolonia llegó un
poco tarde, porque se había caído al venir y se había lastimado la
boca. Se le veía cansado. Pero fue algo mágico, una experiencia
divina. Era de una solemnidad y de una tranquilidad hacia la
partitura tales que le bastaba con mover la muñeca y levantar
la vista, sin aspavientos, para que todos supieran lo que tenían
que hacer. Logró un momento muy conmovedor con la Misa en
si bemol de Schubert, uno de los más hermosos de mi carrera.
Abbado lo dirigió en la Misa K. 139 de Mozart. ¿Causa respeto
cantar a este compositor en el Festival de Salzburgo?
Causa respeto en cualquier parte. Me tocó cantarlo en alemán,
porque era El rapto en el serrallo. Fue emocionante a la vez que
aterrador, porque hicimos esta producción para televisión y la
orquesta estaba en una plaza y nosotros en otro lugar y teníamos
que seguirla con un audífono. El público también nos escuchaba
por audífonos en el Museo Redbull, en el Hangar-7 de Salzburgo,
recibiendo la señal ya mezclada de la voz con la orquesta. Seguíamos
todo con maestros auxiliares y monitores. Yo tenía que subirme a
un avión que estaba en la exposición y cuando estaba haciéndolo la
señal se fue por unos instantes… Seguí cantando, esperando que
el director me siguiera, y cuando salí del avión y volví a escuchar
la orquesta seguíamos sincronizados. ¡Menos mal! Sí, de los
compositores de ópera, si hay uno que es el más técnico es Mozart.
¿Qué compositores que aún no haya cantado le gustaría
incorporar a su repertorio?
Massenet, Gounod —aparte de La Colombe—… Esos
principalmente; tengo muchas ganas de hacer repertorio francés
los próximos años.
¿Con qué compositor se siente más cómoda su voz?
Donizetti, Bellini…Y todavía Rossini. Estoy felizmente
estacionado en el bel canto —ríe—.
En las últimas décadas, gracias sobre todo al trabajo de
maestros como Alberto Zedda, han sido puestas en escena
unas cuantas óperas de Rossini que nadie conocía, y con
gran éxito. ¿Cuál es el secreto de este autor para triunfar tan
rotundamente en cualquier teatro y saber renovarse después
de muerto forma tan espectacular?
A lo mejor digo una barbaridad. Creo que Rossini fue como uno
de estos artistas pop que saben repetir una y otra vez sus éxitos.
No digo que él sea repetitivo, pero sí su fórmula. La llegada de
Verdi y una forma más dramática de ver la ópera hizo que fuera
dejada de lado. Hoy en día, al redescubrir las óperas de Rossini,
el público entiende que también poseen un valor dramático y
que la coloratura es una expresión emocional de cada uno de los
personajes. Creo que además es uno de los compositores más
saludables, como un aerobic vocal, que mantiene la voz flexible,
siempre activa y ágil. Estoy desde hace un par de años haciendo
incursiones en un repertorio más lírico, pero siempre regreso
con gusto a Rossini.
Para terminar, ¿dónde podremos escucharle próximamente?
Después de estas funciones de Lucia di Lammermoor, mi
segunda ocasión en una misma temporada en el Teatro Real,
por lo cual estoy muy agradecido a su dirección artística por esta
oportunidad, iré al Festival de Peralada para un recital de los
belcantistas y Manuel García. García ha sido un descubrimiento
bellísimo, y he descubierto unas cuantas joyas suyas. Regreso
al Festival de Salzburgo, después de cuatro años, y haré allí con
Plácido Domingo como Zurga y Aida Garifullina como Leila,
Los pescadores de perlas de Bizet. Así acabaré la temporada.
Para la próxima haré I Puritani en el Liceo de Barcelona y Los
pescadores de perlas en el Metropolitan. Estaré en Pamplona
en diciembre y luego en Zúrich. En México haré un concierto
navideño. Y regreso al Metropolitan en febrero de 2019 para La
hija del regimiento, que podrá verse en streaming. Y en Bilbao,
donde me alegra mucho volver, haré también Los pescadores de
perlas. Y haré otra Hija del regimiento en el Covent Garden. En mi
web está toda la información de mis actividades y siempre estoy
muy activo en redes, platicando de las cosas que voy haciendo.