POR MARTÍN LLADE

Se me pide que escriba unas líneas sobre mi experiencia en el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena de 2018. Ciertamente, no me hubiera correspondido a mí escribirlas, como tampoco realizar dicha transmisión. Y es que José Luis Pérez de Arteaga era la voz por excelencia en nuestro país de este, el concierto más famoso del mundo. Tan inolvidable y generosa, con una elegante tendencia a agudizarse cuando algo le emocionaba, aportaba no poca dosis de glamour al espectáculo. A él no se le veía jamás en pantalla, pero parecía tomar de la mano a quien siguiera por televisión el espectáculo, conduciéndole por el pasillo de la Sala Dorada del Musikverein de Viena. Su timbre plateado aportaba ya musicalidad al escenario aun antes de que la Filarmónica hubiera empezado a afinar. A diferencia de los sobrios comentaristas de la televisión austríaca José Luis aprovechaba el escaso margen de tiempo para aportar la mayor parte de información posible, gracias a sus vivencias y extraordinaria erudición. Y luego, por supuesto, estaba su impagable humor, que sacaba a relucir a los postres, cuando sonaban El Danubio azul y la Marcha Radetzky.

MI EXPERIENCIA EN EL CONCIERTO DE AÑO NUEVO DE LA ORQUESTA FILARMÓNICA DE VIENA El primer concierto de Viena fue auspiciado por el ministro de Propaganda nazi Goebbels. Fue el 1 de enero de 1939, en el marco de un homenaje de la anexionada Austria al III Reich. El director sería Clemens Krauss, quien se mantendría fiel a esta cita hasta 1954.

Cuando me propusieron reemplazarle experimenté de inmediato una sensación de vértigo. A la responsabilidad añadida se sumaba el hecho de que hasta entonces nunca me había parado a pensar en lo que constituye este acontecimiento. Sí sabía que la Filarmónica de Viena no fue siempre receptiva a la música de los Strauss. En vida de Johann hijo, la consideraban de baja estofa y se negaban a interpretarla. Tuvo que ser una boda imperial en 1873 la que forzase a la orquesta a interpretar Sangre vienesa. Pero la tradición de un concierto regular tardaría en imponerse más de sesenta años. Y, sorprendentemente, fue auspiciado por el ministro de Propaganda nazi Goebbels. Fue el 1 de enero de 1939, en el marco de un homenaje de la anexionada Austria al III Reich. El director sería Clemens Krauss, quien se mantendría fiel a esta cita hasta 1954 (con la excepción de los dos años

en que fue sometido a desnazificación). El relevo lo tomaría Willi Boskovsky, una de las batutas más especializadas en este repertorio, quien estaría un cuarto de siglo desempeñando este cometido.
A partir de 1980, se escogió a Lorin Maazel, por entonces director de la Ópera Estatal de Viena. Solo con el legendario concierto de Karajan de 1987 se decide invitar cada año a una batuta distinta, lo que le añade un punto más de emoción. A pesar de ello, la Filarmónica, siempre tradicional, tiende a volver a llamar a aquellos que han dejado un buen sabor de boca. Recuerdo que al término de su última transmisión vienesa Arteaga expresó su alegría porque el elegido para 2018 fuera Riccardo Muti por quinta ocasión (él siempre lograba enterarse antes que nadie). Muti ha dirigido a la Filarmónica de Viena unas quinientas veces a lo largo de casi medio siglo y es uno de los directores más carismáticos del mundo. Y sin embargo, él mismo se ha encargado de romper el tópico. A pesar de ser piezas ligeras, los valses no resultan sencillos de dirigir: es difícil mantener en todo momento el equilibrio adecuado y no perder su característico ritmo. Por otro lado, en cada concierto se desempolvan piezas absolutamente desconocidas de los Strauss, que ocupan a veces más de la mitad del programa. Por ejemplo, solo Johann hijo escribió unos quinientos valses. A eso hay que sumar el repertorio de su padre, el de sus hermanos Eduard y Josef y, ocasionalmente, el de su sobrino Johann. Además, también se suele incluir a otros autores del periodo. Eso obliga al director a estudiar cada pieza minuciosamente, lo que supone un esfuerzo añadido. Hay una regla no escrita que Muti se encargó de romper esta edición, es la de que el director haga frecuentemente bromas, luciendo un sombrero de fiesta, haga sonar una corneta, o cualquier otra sorpresa. Acaso este año bastantes voces hayan acusado al italiano de excesiva sobriedad por no haber complacido a la galería en ese sentido.

Por el contrario, el Musikverein se esforzó en complacerle a él. Las veinte mil flores que decoraban la Sala Dorada, provenientes de los Jardines y Parques de Viena, querían constituir un homenaje al país de origen de Muti que, eso sí, correspondió luciendo unas apenas perceptibles edelweiss de satén en su corbata. Por el contrario, el director no se privó de que la ópera italiana estuviera muy presente en la velada, con sendos homenajes a Rossini y Verdi realizados por los Strauss. A fin de no descuidar al público genuinamente austriaco, Muti recurrió a dirigir la versión original de Los cuentos de los bosques de Viena con una solista de cítara que, vestida con un traje regional, hizo las delicias de los presentes.

Otro gran aliciente de esta cita es el Ballet de Viena, que contó con coreografías de Davide Bombana y vestuario del español Jordi Roig. Estos montajes se grabaron en la estación privada de tren del Emperador Francisco José o el palacio en el que Carlos de Habsburgo puso fin a su dinastía.

El concierto estaba repleto de efemérides a las que pudo hacerse referencia: del centenario del fin de los Habsburgo, del fin de la Primera Guerra Mundial, de la desmembración del Imperio Austrohúngaro y del fallecimiento de importantísimas figuras de la cultura vienesa, como el arquitecto Otto Wagner o el pintor Gustav Klimt.

Les confieso que eran tantos los detalles que no debía dejarme en el tintero que no me percaté de lo rápido que avanzaba todo. Sí que pude comprobar con perplejidad que éramos trending topic n.º 1 en España, ¡ y que Arteaga estaba entre los diez temas más debatidos!

Por eso, constituyó para mí un momento de extraordinaria intensidad cuando recordar las bromas de José Luis (“lo que viene ahora lo saben hasta los churreros de Lavapiés o los perros enfermos de leishmaniasis”). A fin de que esta tradición perviva decidí aportar mi granito de arena. Y nombré a los lectores de Baroja, los taxistas de Algeciras, los bebés recién nacidos en Albacete… o los admiradores de Chiquito de la Calzada, todavía de duelo.

Quizás eso fue todo. Me gustó el especial color que extrajo Muti de la Filarmónica, su sinuoso Danubio azul repleto de meandros y su Marcha Radetzky que, como siempre, fue muy aplaudida y estoy seguro de que en España sonó en muchos hogares acompañada de unas lágrimas de emoción.

Jose Luis Pérez de Arteaga era la voz por excelencia en nuestro país de este, el concierto más famoso del mundo.

Arteaga
expresó su alegría porque el elegido para 2018 fuera Riccardo Muti por quinta ocasión (él siempre lograba enterarse antes que nadie)