Por Blas Matamoro

Desde luego, no puede ser más oportuno honrar a Clara Schumann (1819-1896) por su segundo centenario en estos momentos de cálido y hasta revuelto feminismo. En efecto, ella pertenece a la aún escasa legión de mujeres que no solo interpretaron música, sino que también la compusieron. A contar de su época, Clara se pone en primera fila junto a Fanny Mendelssohn, Corona Schröter, Louise Bertin y Ethel Smyth, por no querer ni poder ser exhaustivo en el escrutinio.

Quien dice mujer en la música dice, inevitablemente, mujer junto a varón. En este orden, Clara también es un paradigma. Hija de un instruido y severísimo maestro, Friedrich Wieck, que acabó divorciándose de su mujer como también resultaba de rigor, él la instruyó desde muy pequeña, tanto que a los cinco años ya tocaba con soltura el piano y, como quien no quiere la cosa, se disponía a emprenderla con el violín. A los nueve años debutó en público nada menos que en uno de los lugares emblemáticos de la música europea: la sala de la Gewandhaus de Leipzig. Y así, de nena prodigio a maestra de generaciones, se inició su deriva europea, que fue recogiendo los más brillantes elogios: Goethe, Chopin, Mendelssohn, Liszt, monarcas, dignatarios e intelectuales.

La carrera de Clara Wieck se convirtió en una de las ejecutorias de la vida musical europea. La corte de los Austrias la recibió en sus salones, escena más que excepcional en aquella Viena imperial, que era un auténtico Vaticano del arte sonoro, y la Sociedad de Amigos de la Música la incluyó entre sus miembros, previa destiladísima elección; un caso igualmente singular por tratarse de una mujer. Pensemos que hasta hace pocos años la Orquesta Filarmónica de Viena no admitía ejecutantes femeninas. Una vida impregnada de música, se diría que hasta sumergida en música, empieza para esta mujer junto a la figura de su padre. Subrayo: una figura varonil. El varón es la autoridad familiar, la sabiduría, el arte y la disciplinada profesión de músico.

Hoy cabe que nos preguntemos: ¿favoreció esta temprana didáctica la existencia de Clarita o se trató de una imposición autoritaria con algo de amenaza? “Si no cumples la tarea que te impongo serás una muerta en vida o una perdularia”. Sigo interrogando: ¿puede una nena de tres o cuatro años decidir su vocación musical o cualquier otra? Habrá quien responda que no, y que semejante táctica educativa lo que consigue es privar a la mujer de su infancia, convirtiendo esta privación en una deficiencia irremediable. Y habrá quien conteste lo contrario, en cuyo caso el señor Wieck fue lo mejor que le pudo ocurrir a esa nena tan dotada para el piano, ya que la ayudó a desarrollar una vocación, tan fuerte que se puso en marcha durante la más tierna niñez. Además, siempre se ha dicho, y quizá sea una verdad poética y psicoanalítica, que un artista es quien conserva algo muy importante de su infancia, que es la fantasía de colmar su deseo por medio, justamente, del juego y su más alta expresión: la obra de arte.

Por cierto, papá Wieck era severo y mandón hasta la militancia y el castigo. Todo fue bien mientras Clarita entusiasmaba a los públicos de Europa, pero entonces llegó un joven músico de aire alocado, como buen romántico, y se alojó en casa de los Wieck para seguir sus estudios. Se llamaba Robert Schumann.

Ya sabemos que se enamoraron y que él la pidió en matrimonio, lo cual enfureció a Wieck, que se opuso y abrió tres años de disputas que culminaron en un proceso judicial, pues ¿cómo se atrevía Clarita a ser feliz por su cuenta al lado de ese joven talentoso, pero que pintaba maneras de orate? No hubo nada que hacer y Clarita Wieck devino Clara Schumann, o Frau Schumann, porque se casaron en 1840. Fue el año lírico del compositor, pues en él produjo la mayoría de sus mejores canciones, como si la luna de miel se hubiese convertido en canto. La vida de Clara cambió, pero quizá no para mejor desde el punto de vista artístico, pues mientras seguía su carrera de pianista universal debió dar a luz a siete hijos, de los cuales vio morir en diversas fechas a tres. Y, sobre todo, asistir a Robert en su peculiar viaje hacia la locura, que dio con sus días y su muerte en un hospicio tras un dramático intento de suicidio. Schumann había padecido sífilis y un tratamiento de mercurio con las mal calculadas dosis de la época, logró curarlo, no sin dejarle algunos trastornos neurológicos como cierta parálisis en una mano. Esto, unido a su propia constitución mental, lo llevó a escenas de alucinación y autodaño que Clara debió asumir con especial entereza. Se trataba de amar a su marido, de aguantar a un demente y de no dejar de admirar al gran compositor, de cuyas obras pianísticas fue siempre la intérprete privilegiada.

La existencia cotidiana de Clara no solo estuvo cruzada de viajes, dadas las exigencias de su carrera pianística. También la peculiar calidad de Robert los llevaba a mudanzas constantes: Dresde, Leipzig, Düsseldorf —quizá la ciudad más frecuentemente asociada con Schumann—, tardíamente Berlín, pero también la Frankfurt en la que le tocó nacer a Goethe y en la  que Clara dispuso sus clases magistrales de madurez.

Schumann murió en 1856 en las condiciones antes apuntadas. Entonces, Clara hubo de engrosar sus tareas, pues tenía que hacer de pianista, madre y compositora para, en tales circunstancias, hacer también de padre. Como siempre en su historia, tuvo a su lado a un hombre muy especial y, en consecuencia, muy decisivo. Era un muchacho que fue a vivir, como Robert en su momento, como huésped de un matrimonio. Y era músico y quería llegar a la maestría después del aprendizaje. Se trataba de Johannes Brahms. Sin duda, Clara fue afortunada, no solo en tanto compañera de dos de los mayores músicos del siglo, sino que asimismo ellos dos gozaron del estímulo inspirador de esta mujer tan intensamente musical; escribieron por ella y para ella, a la espera de escuchar sus páginas en las manos de la mejor pianista del mundo. Todo fue opíparo para los tres. Brahms, en una de sus cartas, le confesó que la amaba más que a sí mismo y a cualquiera otra persona o cosa del mundo. Ella le llevaba catorce años, tal vez una diferencia materno-filial. La suerte quiso que, sin embargo, muriesen con escasa diferencia de fechas. Qué alcance, qué detalles tuvieron estas relaciones sería una tarea de fantasiosa resolución. Hubo, sin duda, un vínculo espiritual muy intenso y muy pródigo en obras, muy acreedor del arte musical. Hubo también un gran amor, aunque quizá, dadas la diferencia de edad y las preferencias sexuales de Brahms, todo ocurrió a cierta distancia. Hoy nada de esto importa demasiado si no es para imaginar a Clara, de niña y de abuela, como una mujer poderosa en el imaginario de los hombres, tanto como para convertir al señor Wieck en su padre, a Schumann en su marido y a Brahms en su enamorado. Tres amores viriles muy distintos, pero, a la vez, muy estimulados por una mujer que, de nena, de moza y de vieja, supo seducir y volver creativos a los señores de su entorno.

Dentro de este veloz retrato biográfico, un lugar muy especial queda reservado a Clara como compositora. Al respecto, vuelvo al comienzo y replanteo la cuestión desde cierto feminismo; quiero decir desde cierto interés especial por la condición de la mujer. ¿Por qué hay históricamente tan pocas mujeres en el mundo de la composición musical, siendo que las mujeres se han mostrado siempre tan interesadas y dotadas para la música en tanto cantantes o instrumentistas?

Decir que a Clara Wieck los hombres le obstaculizaron el camino de la composición es incierto y hasta diría que prejuicioso. Clara dejó una obra estimable como autora de numerosas piezas para piano, canciones de cámara, un par de conciertos para teclado y orquesta, y un trío igualmente con piano y arcos. Se dirá que el piano y la mujer han estado tradicionalmente asociados porque el piano es, por excelencia, el instrumento doméstico y la mujer, igualmente, un ser –por no decir un animal– doméstico, al igual que el varón ha sido un animal belicoso, político, trabajador,  depredador, conquistador, director de orquesta y autor de sinfonías y sonatas.

Las cuentas no cuadran. Es cierto que la música de Clara separece a la de su marido y que la de su marido influyó, en sus comienzos, sobre la de su enamorado, pero también es cierto que Schumann incluyó entre sus propias canciones unas pocas piezas que había escrito ella y, de nuevo, porque estaban hechas a la manera de su esposo: es imposible resistir la influencia de un gran músico cuando se lo tiene cerca. A Beethoven le resultó imposible no ser influido por Mozart, a Schubert y a Schumann por Beethoven y a Brahms por Schumann. ¿Cómo podría Clara sustraerse a semejante familia de influencias, en la densa atmósfera musical de la Alemania romántica?

No hay registros grabados de Clara tocando el piano. Nunca sabremos exactamente cómo lo hizo. No obstante, algunos testimonios nos permiten imaginarlo e imaginarla. En un tiempo de virtuosos deslumbrantes que podían resultar inverosímiles por lo superdotados que estaban —digamos Paganini en el violín, Liszt en el piano— Clara, suficiente y cabal en los momentos más comprometidos, destacaba sin embargo por su intimismo, su delicadeza, por ese tesoro de cantos que llamamos lirismo. Fue así, cabe imaginar, el bello lugar que Clarita Wieck construyó con su arte y su trabajo. Y construyó otro, como asociados porque el piano es, por excelencia, el instrumento doméstico y la mujer, igualmente, un ser –por no decir un animal– doméstico, al igual que el varón ha sido un animal belicoso, político, trabajador, depredador, conquistador, director de orquesta y autor de sinfonías y sonatas.

Las cuentas no cuadran. Es cierto que la música de Clara se parece a la de su marido y que la de su marido influyó, en sus comienzos, sobre la de su enamorado, pero también es cierto que Schumann incluyó entre sus propias canciones unas pocas piezas que había escrito ella y, de nuevo, porque estaban hechas a la manera de su esposo: es imposible resistir la influencia de un gran músico cuando se lo tiene cerca. A Beethoven le resultó imposible no ser influido por Mozart, a Schubert y a Schumann por Beethoven y a Brahms por Schumann. ¿Cómo podría Clara sustraerse a semejante familia de influencias, en la densa atmósfera musical de la Alemania romántica? No hay registros grabados de Clara tocando el piano. Nunca sabremos exactamente cómo lo hizo. No obstante, algunos testimonios nos permiten imaginarlo e imaginarla. En un tiempo de virtuosos deslumbrantes que podían resultar inverosímiles por lo superdotados que estaban —digamos Paganini en el violín, Liszt en el piano— Clara, suficiente y cabal en los momentos más comprometidos, destacaba sin embargo por su intimismo, su delicadeza, por ese tesoro de cantos que llamamos lirismo. Fue así, cabe imaginar, el bello lugar que Clarita Wieck construyó con su arte y su trabajo. Y construyó otro, como Clara Schumann, que, silenciosa y elocuente, sigue ocupando cada vez que oímos cantar al pájaro profeta schumanniano o la desesperación de amante en los interludios del viejo Brahms.

Nunca es más hermosa la vida que cuando es capaz de hacer cantar bellamente al dolor tanto como a la dicha.