Por FERNANDO FRAGA

A los 40 años de la muerte (París, 16 de septiembre de 1977)
de esta hija de exiliados griegos, cuando se acercaba a los 54, y a
más de 50 de su última aparición en una ópera (Tosca, Londres
1965), la figura de Maria Callas sigue siendo una referencia constante,
incluso inevitable, para el aficionado operístico y para el
profesional que de una manera u otra se relacione con ese género
de música cantada.
La voz de la Callas no era «habitual» y no se emplea la palabra
«bella» por hallarse este término sujeto a complicadas interpretaciones,
a menudo de carácter personal o caprichoso. No se trataba
de una voz «mediterránea», de esmalte cálido, homogéneo, acariciante;
se escuchaba desigual, agresiva, a veces metálica, pero
siempre muy penetrante e incisiva, aunque con repentinos sonidos
de envolvente suavidad. La artista manejaba ese instrumento,
generosísimo de registros al inicio, con una imaginación y una
fantasía inéditas hasta entonces, consiguiendo así que tal atípica
vocalidad superara las posibles desigualdades tímbricas, rindiéndola
seductora, estimulante, rotunda y singularmente eficaz para
sus intenciones dramáticas.

La carrera de la Callas fue corta, pero suficiente para dejar de ella
una estela imborrable; fue como un meteoro cuyos destellos aún
siguen brillando. Tras sus primeros años en Grecia, donde con su
madre y su hermana hubo de soportar las penalidades asociadas
a una guerra mundial y luego a otra de carácter civil, fue capaz de
convertirse paulatinamente pese a las dificultades —su ambición
y fuerza de voluntad eran asombrosas— en una cantante respetada
por sus personalísimas cualidades vocales e interpretativas.
Viajó a Norteamérica esperando allí un triunfo de consecuencia
y repercusión más internacionales. No fue así y se vio obligada a
aceptar un modesto contrato, como un imprevisto recurso surgido
a última hora, para cantar en el festival veraniego de la Arena

La Callas intérprete
fue la primera en concebir
los personajes en su totalidad,
más allá de la página
más popular de la obra
o la de mayor lucimiento

 

@fondos María Callas Funfación

 

ha dejado sea una película donde no canta ni una nota siquiera:
la aburrida realización filmada por Pier Paolo Pasolini en 1969,
Medea, personaje mítico tantas veces ofrecido en un escenario
operístico a través de la partitura de Luigi Cherubini, que ella
elevó a una concepción dramática hasta entonces desconocida,
ejecución luego jamás igualada de uno de los personajes más difíciles
de todo el repertorio.
Los responsables de los filmes de ficción, sobre todo en torno a la
vida más que al aspecto profesional de Maria Callas, y con especial
incidencia en su sorprendente y tormentosa relación con el multimillonario
Aristóteles Sócrates Onassis, se han tomado tantísimas
libertades como para irritar a los incondicionales devotos de la
cantante, atentos siempre a cualquier incorrección o inexactitud.
Entre todos los documentales, pese a los diferentes niveles de calidad,
hay tres muy destacados que se consideran bastante fidedignos
para dar testimonio de su vida y su arte: el primero, estrenado
a los diez años de su desaparición, es un buen trabajo de Tony
Palmer que ya se ha convertido en un clásico (Maria Callas. La
Divina. A Portrait, 1987); otro, el francés de Philippe Kohly (Callas
assoluta) y el de Italo Moscati (Non solo voce. Trent’anni dalla
morte di Maria Callas), ambos de 2007, los dos motivados,
como bien señala el título del último de ellos, por el treinta
aniversario de su muerte.Capítulo aparte, pero en cierta
medida relacionado con lo anteriormente escrito, es el de la
Callas protagonista de una obrateatral: Terrence McNally estrenó
en 1995 una obra llamada Master Class, obra en torno a
esas lecciones magistrales que Maria Callas ofreciera en 1971 y 1972
en la Juilliard School de Nueva York. Obra de ficción muy adecuada
para el lucimiento actoral, es por ello un buen objeto de deseo para  actrices de diversos países y en distintos idiomas, por lo que la han
interpretado, entre otras, Fanny Ardant, Núria Espert, Faye Dunaway,
Christiane Torloni, Mabel Rivera, Norma Aleandro, Rossella
Falk, Tyne Daly o la soprano navarra María Bayo recientemente.
Franco Zeffirelli, precisamente con la Ardant, filmó una bonita
película Callas Forever (2002). La presencia de la diva de divas
no podía faltar en su medio natural: la ópera. Michael Daugherty
es autor de Jackie O, estrenada en 1997, donde al lado de la
exKennedy del título aparecen los personajes de Onassis, Andy
Warhol, Grace Kelly, Liz Taylor y desde luego Maria Callas. Obrita
bien digna de despertar vergüenza ajena, es bastante inferior a
Prima Donna (2009) de Rufus Wainwright en la que su protagonista
Régine —muy bien estrenada por Janis Kelly, una excelente
actriz— está inspirada en la Callas.
El último de los documentales en torno a Callas está realizado por
Tom Volf, un joven cineasta que se ha rendido al influjo de la voz y
la personalidad de una soprano que, por edad, no tuvo la oportunidad
de ver en acción ni de ser testigo de la cantidad de literatura
periodística en su honor (o deshonor). Tras una minuciosa búsqueda
por varios países, incluido el nuestro —en un momento
aparece el bailarín Antonio y en otro la diva disfrutando del
calor y de la luz en Ibiza—, este muchacho francés ha filmado
Maria by Callas, retrato más bien centrado en la vida privada
más que en la pública o profesional de la homenajeada.
De ahí su emocionante originalidad. Con mucho material
inédito, junto a otro ya conocido, pero que el realizador ha
logrado pasar fielmente del original en blanco y negro al color, Volf ha conseguido un minucioso
trabajo que se ha estrenado en pantallas de medio mundo y hasta
puede que se convierta en un éxito de público.

@fondos María Callas Fundación

Callas siempre se confesó deudora del magisterio de dos figuras
que se repiten incansablemente en sus biografías: la soprano española,
aragonesa para mayor exactitud, Elvira de Hidalgo, y el
director de orquesta Tullio Serafin. Ella, de carrera importante en
compañía de luminarias como el tenor de tenores Enrico Caruso,
el bajo Feodor Chaliapin o el barítono Mattia Battistini; él, con
la altura y el prestigio de las mejores batutas de la época. Ambos
la iniciaron en el bel canto, según la escuela tradicional italiana.
A estas dos decisivas figuras habría que añadirles la del director
teatral y cinematográfico Luchino Visconti. Visconti, perteneciente
a una noble y rica familia milanesa con algún antepasado que había
mantenido una estrecha relación con el Teatro alla Scala, escuchó a
la cantante a través de una emisión radiada y quedó de improviso
fascinado por esa voz «especial» y por el talento que impulsaba a
su poseedora, hasta el punto de decidirse a trabajar, con ella desde
luego, en una nueva actividad profesional hasta entonces desdeñada:
la de dirigir espectáculos líricos. Callas y Visconti, en la Scala
milanesa, fueron protagonistas de siete producciones que ya se
instalaron para siempre en la leyenda: La Vestale (1954), La sonnambula
(1955), La Traviata (1955), Anna Bolena (1957) e Ifigenia en
Tauride (1957). Todas afortunadamente conservadas en registros
captados en vivo, las llamadas vulgarmente «grabaciones piratas».
Sin duda, entre los pigmaliones callasianos podría ocupar un
puesto su marido Giovanni Battista Meneghini, que dejó su empresa
de fabricación de ladrillos para, con similares métodos comerciales,
ocuparse de la de la esposa cantante.

Callas siempre se confesó
deudora del magisterio de
dos figuras que se repiten
incansablemente en sus
biografías: la soprano española,
Elvira de Hidalgo, y el director
de orquesta Tullio Serafin

American-born Prima Donna Maria Meneghini Callas, left, is surrounded by photographers during a press conference at her hotel in Rome, Italy, following a refusal from the Rome Opera House to allow her to sing there again this season, Jan. 7, 1958. Miss Callas threatened to sue the opera house. The soprano walked off the stage after the first act of Bellini’s opera “Norma” on Jan. 2, before an audience which included Italian President Giovanni Gronchi. Miss Callas said she had lost her voice due to illness. Because of the uproar her action caused, the Rome police said her return to the stage would cause a breach of the peace. (AP Photo)

 

Esa manera de manejar la actividad de la soprano fue efectiva en el plano económico y profesional, pero
no tanto en el humano: la hizo muy impopular entre los colegas canoros, pero no solo entre
ellos. Así, la prensa comenzó a cebarse con ella de manera tan injusta como desproporcionada.
La Callas, una vez divorciada por una triquiñuela legal, como tantas suele haber,
impedía que ante su presencia se nombrara al excónyuge.A la hora de plantear su documental sobre la Divina, Volf, siguiendo esa intimidad que presidió su idea, dedicó su trabajo a
dos personas que fueron para la Callas un sostén continuo en su
época de esplendor y, sobre todo en su solitario y triste final, una
compañía fundamental: el ama de llaves Bruna Lupoli, que acaba
de fallecer casi nonagenaria, y el mayordomo y chófer FerruccioMezzadri. Este ha organizado en su Villanova sull’Arda natal, donde
Verdi construyó un hospital para gente necesitada inaugurado
en 1888, una exposición con todo el material de que dispone,
parte de ello heredado de la Signora. Entre el material mostrado,
la reproducción del bellísimo
retrato de Ulisse Sartini que el
octogenario servidor acabó donando
a La Fenice de Venecia,
teatro donde la Callas comenzó
su leyenda allá por 1949 cuando
cantó, con escasos días de diferencia,
dos partes sopraniles
tan disímiles como Brunilda de
Wagner y la Elvira belliniana.
Para ser más exactos, y ahondando
en un dato anteriormente
expuesto: juntar en una única
voz la específica de una soprano
dramática a la alemana junto a
otra perteneciente a la soprano
lírico-ligera a la italiana, o sea,
dos mundos vocales extremos. Inició así la Callas su camino hacia
la mitología del siglo que vivió, pero a cambio de no realizarse, —
algo que sin duda ella desearía y que Volf deja claro en su precioso
trabajo—, como mujer.
Pese a las millonarias propuestas que les ofrecieron, ni Bruna ni
Ferruccio, salvo informaciones muy breves y puntuales al hilo
de querer refutar alguna información insidiosa sobre su querida
ama, jamás quisieron hablar ni escribir de cómo era la Callas y
de cómo fue su vida, en especial en el lujoso piso de la avenida
parisina de Georges Mandel número 36. Marcel Proust tuvo a su
Céleste Albaret, que nos dejó un retrato del escritor más cotidiano
y casero; Maria Callas ni siquiera eso. La influencia de Maria Callas
se extendió incluso a su fiel servidora Bruna Lupoli. Roberto
D’Alessandro escribió una obra unipersonal, La camarera de la
Callas, un texto que recorre los 24 años de servicio de su criada
con la Divina, y que entre nosotros viene representando con enorme
sensibilidad la actriz Laura Cepeda.
A su muerte se esparcieron sus cenizas en el mar Egeo de su Grecia
natal; durante un tiempo esos restos habían estado en el nicho
16258, en el columbario del parisino cementerio del Père Lachaise.
Allí van en peregrinación callasianos de todo el mundo.